A principios de mayo los vecinos y visitantes inundan el centro del pueblo, con los gerifaltes a la cabeza siempre dispuestos a dejarse ver en primera fila. Al son de un sin fin de marchas moras, tocadas por charangas y bandas de música, la gente canta y baila con una alegría embriagada de excitación vital. Unos y otros se abrazan y se dan la mano, días de vino, caballos y flores que ya mañana volverá la vida a ser lo que era.


Con el espíritu de quien desconoce sus ritos y celebraciones me introduzco en ellas dejándome llevar por todo. Sin darme cuenta las calles me han traído donde el ruido de la algarabía es solo un murmullo, siempre acabo lejos de las escenas principales. Da igual, aquí en la periferia de la fiesta ella también pasa: un mozo se acaba de apoyar en una pared desconchada, una bandera cuelga en un balcón y alguien brinda al sol.


(En proceso)

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